Biografía

Biografía Insistiendo en la casualidad Es la historia de alguien que fue en busca de lo que no conocía ni puede comprenderse, en eso se parece a la de la mayoría de los seres humanos. La expresión serendipidad es la que más le conviene. Se utiliza con el fin de referirse a la capacidad de aprovechar aquello que se encuentra sin buscarlo, cuando se está en procura de un conocimiento, una solución o situación que no guarda relación con lo que se persigue. Es el encuentro de la espontaneidad con la improvisación. Quien aplica la serendipidad desarrolla la facultad de almacenar información, experiencias y conocimientos, entre otros, para ser aplicados al futuro.

Ezequiel Saad Tobis (29 de agosto de 1943) es un experto en el I Ching, pedagogo, escritor polígrafo y artista, nacido en Argentina y naturalizado francés en 1990. Su dilatada experiencia como viajero y su investigación en literatura y religiones comparadas le han permitido ser un especialista en el I Ching o Libro de las Mutaciones, que ha interpretado y popularizado para la audiencia occidental. Como artista ha sido uno de los pioneros del arte digital y la infografía que continúa practicando hasta la fecha. Su interpretación y aplicación práctica de la filosofía asiática del I Ching y del Feng Shui le ha abierto las puertas de numerosas empresas, instituciones y organizaciones no gubernamentales, a quienes asesora como consultor de recursos humanos y asesor en inversiones empresariales e inmobiliarias. Desde 1969 y durante más de diez años estudió meditación y filosofía oriental con maestros japoneses y chinos en Francia, Estados Unidos, y Japón (cinco estancias de estudios), y fue becado por la Fundación Eranos (sede de las sesiones catedráticas de Mircea Eliade y C.G.Jung). Desde 1978 es maestro de conferencias en la Université de París-Sorbonne, el Centre Georges-Pompidou de París, y en institutos de psicología Gestalt, filosofía y cultura oriental en Europa y América del Sur. En 1989, fundó en París La Taothèque, colección de objetos, obras literarias y filosóficas, testimonios fotográficos, informáticos y audiovisuales sobre el Tao, recogidos durante sus viajes a Extremo Oriente y Asia. En 2011, donó más de trescientas piezas a la mediateca de Casa Asia, en Barcelona. Ha escrito varios libros y numerosos artículos sobre los mitos e historia de Extremo Oriente, en los que trata dela noción de azar y determinismo, la salud y el bienestar, la elevación de la conciencia y la búsqueda de la felicidad, relacionando su experiencia con el conocimiento (budismo Zen y tibetano, taoísmo, judaísmo, cristianismo, hinduismo, etc.). Infancia Ezequiel Saad nació en el seno de una familia de clase media en Buenos Aires en 1943. Su padre, Emilio Saad Marhabi, oriundo de Damasco (Siria) era importador de tejidos de seda para una cadena de comercios regentada con sus hermanos. Eran los sucesores directos de aquellos que habían recorrido la Ruta de la Seda y que, atravesando la Ruta de las Indias, habían llegado hasta América del Sur. Su madre, Adela Tobis, era una ama de casa de origen ucraniano. De su más temprana infancia recuerda la confortable sensación del bebé cuando le dejaban reposar sobre montones de tejido de seda, en los que se hundía y por los que jugueteaba. Creció en un medio familiar con escasos recursos por lo que los hijos fueron todos autodidactas. El clan familiar estaba habituado al sufrimiento causado por la Segunda Guerra Mundial en Europa. Ezequiel, el menor de cuatro hermanos, creció aprendiendo por su cuenta todo lo que podía en unas circunstancias sociales y políticas difíciles. En esa época no podía imaginar que ese mismo hilo de seda que le había producido los mayores placeres iba a ser el soporte de una manera de pensar y de una civilización como la china, que tanto conocimiento y sabiduría le aportaría años después. La muerte de su padre cuando solo contaba 7 años lo incitó a profundizar la metafísica. Durante su adolescencia padeció estados febriles que aguzaron su sentimiento de soledad, en pleno apogeo del existencialismo. Saad era imaginativo, pero carecía de los recursos pedagógicos como para plasmar su potencial, se sentía incomprendido por su familia. De hacer arte al arte de ser Su pasión por la poesía francesa y norteamericana le incitó a buscar más allá. Durante esa época fue influenciado en sus poemarios por la obra de Apollinaire y de Marcel Duchamp, y siendo apoyado epistolarmente por Julio Cortázar. Esta actividad le concedió la posibilidad de conectar con otros autores y artistas que también se sentían desgarrados por el existencialismo de la época. Entre sus amigos de entonces se encontraban artistas y literatos como Óscar Massota, Pedro Orgambide, Marcos Silver, Enrique Molina, Alejandra Pizarnik, Aldo Pellegrini, Ernesto Sábato, Liliana Porter y Pérez Celis. En cuanto al pensamiento asiático, la única referencia que recibió antes de sus viajes pasa por los poetas beat norteamericanos piloteados por el filósofo zen Alan Watts, de quien ya se empezaba a hablar en la Argentina. Saad sentía que debía buscar en otra parte lo que no podía encontrar en su país de origen. Como joven viajero, y con los ojos llenos de visiones, recorrió las pampas del sur hasta que obtuvo el permiso de su madre para dejar Argentina y emprender un largo viaje a través de América del Sur. En ese periplo conoció a algunos de los intelectuales que animaban la vida cultural de la época: en Lima a Raquel Jodorowsky; en Quito a Jorge Enrique Adoum, Ulises Estrella y los tzánzicos; en Cali a los nadaistas; en Bogotá a Fanny Mickey; en Nicaragua a Ernesto Cardenal; en México a Sergio Mondragón y Alejandro Jodorowsky. Durante esos años se produjo el éxito de la literatura latinoamericana, y Saad estaba haciendo su aprendizaje en ese mismo caldo de cultivo. Gracias al empuje del escritor y dramaturgo español Max Aub, exiliado en México y en ese momento director de Radio Universidad de México, consiguió producir y dirigir varios programas de literatura y música. De ahí se dirigió a Sausalito, donde vivía Alan Watts, el mítico poeta zen de la contracultura americana. Corrían los años sesenta y aunque había una gran efervescencia cultural, los verdaderos guías eran prácticamente inaccesibles. En California consiguió entrevistarse con Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinghetti, faros de la nueva poesía americana, pero durante su estancia en San Francisco y Nueva York no pudo encontrar lo que su corazón anhelaba, una espiritualidad más amplia de la que había encontrado hasta el momento. El maestro japonés que difundiría el Zen en Norteamérica, Shunryu Suzuki Roshi, no llegaría hasta años más tarde, en 1966, fundando el San Francisco Zen Center, y el Templo Tassajara, en Carmel Valley. Como parte de una generación inquieta y alocada, Saad buscaba un tutor que definiera su rumbo. Tras su regreso obligatorio a la Argentina para cumplir el servicio militar, se encaminó a Europa con su inquietud espiritual intacta. No hizo pausas antes de resolver “el gran asunto” como dice el canon Chan, es decir, el sentido de la vida y la muerte. Y eso lo aprendería mucho más tarde en otro viaje a Estados Unidos. Lo impenetrable y lo complicado Al desembarcar en Barcelona en 1964, después de una travesía marítima de dieciséis días conoció la cultura catalana acompañado de los pioneros que la realizaban en ese momento y entre los cuales se encontraban: Pere Ginferrer, Joan Brossa, Mestres Quadreny, y muchos otros. Y allí también encontró el I Ching o Libro de las Mutaciones, que le impactó notablemente. Pronto fue consciente de que, si quería estudiar el I Ching, debía disciplinar su cuerpo y su mente con la práctica de una meditación asidua y controlada como el yoga. Debió esperar cinco años antes de encontrar a su maestro, quien le enseñaría que todos los asanas del yoga se concentraban en una sola figura parecida a una montaña: la postura equilibrada de zazen. En esos cinco años que separan estos dos acontecimientos el momento excepcional entre las dos fechas fue cuando intuyó que el I Ching y el Zen estaban relacionados por el tipo de percepción de los fenómenos. Cuando entendió un poco mejor la gran rueda de los fenómenos que en la práctica del Zen llamaban Dharma, dedujo que el I Ching era una versión mucho más puntual y perfeccionada de esa misma visión y dinámica cíclica de los cambios. Entretanto le quedaba por decidir cómo situarse frente a sus propios orígenes al mismo tiempo teístas y liberales. Esos años sin tutores y sin red, en los que contaba con la información pero la realidad parecía impenetrable, los aprovechó para iniciarse y examinar el I Ching aproximándolo a la cultura judeocristiana, revisando los lugares centrales del monoteísmo a través del Libro de los Cambios. Desde joven Saad se había sentido obligado a decidir cuál sería su fe o su filosofía, y definir lo que esperaba encontrar en su búsqueda artístico-espiritual. Esperaba que el resultado sería adaptable a sus orígenes. Pero no siempre lo era, ya que lo introducía en un irresoluble conflicto de conciencia: para la cultura occidental el Zen parecía idolátrico e inmanente, el I Ching un tratado de astrología y adivinación. Sin embargo, los cambios, tal como los conceptualizaba el I Ching, lograban despertar una suerte de intuición personal, una capacidad de anticipación que antiguamente se atribuía a la profecía. Empezó a comprobar que los hexagramas eran la escritura del tiempo pasado, pero cada bosquejo que hacía con ellos del momento presente, le permitía comunicar con lo imprevisible.

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